Mientrastanto, en T4, nada de eso importaba. Ya no es que no llegasen las comunicaciones, ni aun las más importantes, es que la gente de allí era demasiado pobre e ignorante para preocuparse de otra cosa que no fuese sobrevivir el crudo invierno. Y aunque alguien, algún exmundis con visión empresarial por ejemplo, los tuviera en cuenta de repente y decidiese invertir millones en campañas de actualización, Alga tenía serias duda de que lo creyeran. Probablemente iría de cabeza a la hoguera. Como si ella no lo hubiese intentado en su día...
"¿Sonreís, señora?". N'August montaba a su lado y sostenía las riendas del caballo de carga. Iban al trote por un valle estrecho y agreste en el que nunca daba el sol.
"Solo con tristeza. No puedo dejar de pensar cuánta razón tenían los eruditos que nombraron "antiguos" a esta gente. Todos los tratados de exología lo describen con detalle: "...y toda diferencia de más de 1000 años en edad relativa entre dos sujetos impedirá blablabla". Pero en el fondo, en lo más profundo de mí..."
"No creo que hayáis perdido vuestro renombrado arte en retórica, señora, si eso es lo que os preocupa".
"Pero sí mi capacidad de infundir un temoroso respeto, por lo que veo. Voy a tener que describir una nueva categoría para ti". Los caballos se afanaban a subir la última loma que cerraba el valle. "La llamaré "pelota"".
Llegaron a la cima.
"Uhm, a riesgo de encasillarme, tengo que decir que la señora tomó una excelente decisión en la última encrucijada al dar al fin un voto de confianza a este humilde siervo y su deteriorado sentido de la orientación. Helo ahí, señora: el puerto de Gadis."
Desde donde estaban se oían los reclamos de las gaviotas.
Y la luna se reflejaba en el agua.
La sociedad había cambiado. La globalización hizo que el valor de una casa en una parte del mundo fuese el mismo valor de la misma casa en la otra parte del mundo. Cualquier cosa era igual en cualquier parte. Los monopolios se generalizaron. La obtención de condiciones óptimas de trabajo fue obtenida para todo el mundo por igual, todo costaba lo mismo en todos los lados. Así pues el rico era rico en todos lados, y el pobre, pobre.
Esta situación creó diferentes estratos.
El más pobre era uno de los dos más peligrosos. Nadie tenía nada que perder y por ello podían arriesgarlo todo. No había mas ley ni orden que el que ellos quisieran imponer, cualquier persona con sueldo o aspiraciones no pondría un pie ahí dentro.
En el más seguro podríamos considerar a la clase media. Rara vez eran capaces de llegar a algo en la vida por miedo a perder lo que ya tenían.
El verdadero problema estaba en la riqueza. Aunque en los suburbios imperase el caos era en este en el que podían encontrarse lo peor de la humanidad. Capaces de controlar todo en todos lados actuaban como les venía en gana sin miedo a reprimenda alguna. Eran los líderes de la economía, si algo les pasara a ellos desataría una gran repercusión, podría acabarse el sumistro de coches, de madera, de agua...
Fue en una de estas calles donde todo empezó. Uno de los tantos dirigentes que habitaban en esta zona salió a dar uno de sus paseos pero topó con la persona equivocada.
Y la luna se reflejaba en la sangre.
La sociedad había cambiado. La globalización hizo que el valor de una casa en una parte del mundo fuese el mismo valor de la misma casa en la otra parte del mundo. Cualquier cosa era igual en cualquier parte. Los monopolios se generalizaron. La obtención de condiciones óptimas de trabajo fue obtenida para todo el mundo por igual, todo costaba lo mismo en todos los lados. Así pues el rico era rico en todos lados, y el pobre, pobre.
Esta situación creó diferentes estratos.
El más pobre era uno de los dos más peligrosos. Nadie tenía nada que perder y por ello podían arriesgarlo todo. No había mas ley ni orden que el que ellos quisieran imponer, cualquier persona con sueldo o aspiraciones no pondría un pie ahí dentro.
En el más seguro podríamos considerar a la clase media. Rara vez eran capaces de llegar a algo en la vida por miedo a perder lo que ya tenían.
El verdadero problema estaba en la riqueza. Aunque en los suburbios imperase el caos era en este en el que podían encontrarse lo peor de la humanidad. Capaces de controlar todo en todos lados actuaban como les venía en gana sin miedo a reprimenda alguna. Eran los líderes de la economía, si algo les pasara a ellos desataría una gran repercusión, podría acabarse el sumistro de coches, de madera, de agua...
Fue en una de estas calles donde todo empezó. Uno de los tantos dirigentes que habitaban en esta zona salió a dar uno de sus paseos pero topó con la persona equivocada.
Y la luna se reflejaba en la sangre.
En marcha
Corta y concisa. Y jodidamente complicada de entender.
“Efectivamente, no se parece a la letra de ninguno de los hombres de Murrus...” Le dio la vuelta a la carta y la manoseó con nerviosismo, rascando partes con sus largas uñas en busca de pistas; tampoco el sostenerla unos segundos delante del fuego reveló nada. Hasta la olió y le pegó un lametazo: “...y no, puaj, no la mandan de las Cocinas.”
Aguardó entonces unos segundos en silencio, para finalmente lanzar al aire, muy bajito, la pregunta que ambos estaban pensando.
“Crees... que vienen a por mí?”
“No parece muy oficial, mi señora, no querría yo darle falsas esperanzas...”
“Sí, hasta pueda que sea una de las bromas de Tarrs, ese cabrón tiene un retorcido sentido del humor.”
“Y ya son dos”, reflexionó lúgubremente el criado; nunca le pareció raro que un solo universo no pudiera contener tal cantidad de sarcasmo a la vez.
Mientras, ella se había abalanzado con furia repentina sobre el suntuoso escritorio de roble y rebuscó y rebuscó entre los montones de pergaminos... ...hasta que de un cajón sacó triunfante un minúsculo mando a distancia plateado... ...que enfocó con decisión hacia el cuadro más grande del salón, ese que mostraba una escena de caza de lo más cotidiana. Lo que ya no era tan cotidiano es que de repente el cuadro empezase a desplazarse hacia el techo en unos raíles hábilmente disimulados hasta que delante de ellos había ni más ni menos que una pantalla de plasma de 120 pulgadas.
“Mmm. A juzgar por la capa de polvo, ahora hacia tiempo que no les hacíamos una visita.”
“Exactamente 6 meses y medio, señora.”
“Solo? Mmm”.
La pantalla parpadeó unos instantes al darle al botón de llamada, y luego se estabilizó con la cara de un tipo de uniforme con cara de sueño y una empanadilla a medio comer en la mano que miraba más allá arriba y a la izquierda, seguramente a otra pantalla que con toda probabilidad estaba retransmitiendo algún partido.
Dirigió perezosamente su atención a la llamada.
“Servicio de atención al cliente, al habla su celador particular, en qué puedo ayudarla?
“Je, veo que siguen con la misma simpática frase de salutación.”
“Oh, solo para vuestras llamadas, su Celestidad. Órdenes de arriba.”
N’August dejó escapar una sonrisa.
“Sí, bueno. Precisamente nos preguntábamos por aquí abajo en el culo del mundo si habría novedades que nos afectasen, ya sabes, órdenes de arriba y esas cosas.”
“No estoy autorizado a facilitarle información de ese tipo.”
“Y de otro tipo?”
“No.”
“Algún tipo?”
“No.”
“Estás autorizado a ser insultado por el “cliente” espero...”
“Señora?”
“No sabes con quién estás tratando...”
“Pues claro que sí, sujeto T4/AFE397. Y ha sido un verdadero placer. Y viendo que lamentablemente no puedo serle de ninguna utilidad...”.
La pantalla se oscureció de nuevo.
“Qué insolencia! Eso en mi tiempo no pasaba, los funcionarios eran gente decente y bien afeitados.”
“Y así volverán a ser. Ya lo verá...”
Ella lo miró casi con ternura.
“Ah!, mi buen August... Te apetece un poco de trabajo dentro de estas laaaargas y rutinarias vacaciones nuestras? Pues ve a preparar nuestro equipaje y ensilla los caballos... Debemos llegar al puerto en dos días.”
Volvió a echar una última ojeada a la carta antes de quemarla.
“Sabes? Creo un cambio de aires nos vendrá muy pero que muy bien”.
“Efectivamente, no se parece a la letra de ninguno de los hombres de Murrus...” Le dio la vuelta a la carta y la manoseó con nerviosismo, rascando partes con sus largas uñas en busca de pistas; tampoco el sostenerla unos segundos delante del fuego reveló nada. Hasta la olió y le pegó un lametazo: “...y no, puaj, no la mandan de las Cocinas.”
Aguardó entonces unos segundos en silencio, para finalmente lanzar al aire, muy bajito, la pregunta que ambos estaban pensando.
“Crees... que vienen a por mí?”
“No parece muy oficial, mi señora, no querría yo darle falsas esperanzas...”
“Sí, hasta pueda que sea una de las bromas de Tarrs, ese cabrón tiene un retorcido sentido del humor.”
“Y ya son dos”, reflexionó lúgubremente el criado; nunca le pareció raro que un solo universo no pudiera contener tal cantidad de sarcasmo a la vez.
Mientras, ella se había abalanzado con furia repentina sobre el suntuoso escritorio de roble y rebuscó y rebuscó entre los montones de pergaminos... ...hasta que de un cajón sacó triunfante un minúsculo mando a distancia plateado... ...que enfocó con decisión hacia el cuadro más grande del salón, ese que mostraba una escena de caza de lo más cotidiana. Lo que ya no era tan cotidiano es que de repente el cuadro empezase a desplazarse hacia el techo en unos raíles hábilmente disimulados hasta que delante de ellos había ni más ni menos que una pantalla de plasma de 120 pulgadas.
“Mmm. A juzgar por la capa de polvo, ahora hacia tiempo que no les hacíamos una visita.”
“Exactamente 6 meses y medio, señora.”
“Solo? Mmm”.
La pantalla parpadeó unos instantes al darle al botón de llamada, y luego se estabilizó con la cara de un tipo de uniforme con cara de sueño y una empanadilla a medio comer en la mano que miraba más allá arriba y a la izquierda, seguramente a otra pantalla que con toda probabilidad estaba retransmitiendo algún partido.
Dirigió perezosamente su atención a la llamada.
“Servicio de atención al cliente, al habla su celador particular, en qué puedo ayudarla?
“Je, veo que siguen con la misma simpática frase de salutación.”
“Oh, solo para vuestras llamadas, su Celestidad. Órdenes de arriba.”
N’August dejó escapar una sonrisa.
“Sí, bueno. Precisamente nos preguntábamos por aquí abajo en el culo del mundo si habría novedades que nos afectasen, ya sabes, órdenes de arriba y esas cosas.”
“No estoy autorizado a facilitarle información de ese tipo.”
“Y de otro tipo?”
“No.”
“Algún tipo?”
“No.”
“Estás autorizado a ser insultado por el “cliente” espero...”
“Señora?”
“No sabes con quién estás tratando...”
“Pues claro que sí, sujeto T4/AFE397. Y ha sido un verdadero placer. Y viendo que lamentablemente no puedo serle de ninguna utilidad...”.
La pantalla se oscureció de nuevo.
“Qué insolencia! Eso en mi tiempo no pasaba, los funcionarios eran gente decente y bien afeitados.”
“Y así volverán a ser. Ya lo verá...”
Ella lo miró casi con ternura.
“Ah!, mi buen August... Te apetece un poco de trabajo dentro de estas laaaargas y rutinarias vacaciones nuestras? Pues ve a preparar nuestro equipaje y ensilla los caballos... Debemos llegar al puerto en dos días.”
Volvió a echar una última ojeada a la carta antes de quemarla.
“Sabes? Creo un cambio de aires nos vendrá muy pero que muy bien”.
La carta.
A tres días, el segundo en el puerto. El último en barco.
Pregunta al capitán del navío más grande.
Pregunta al capitán del navío más grande.
Introducción
El galope de los caballos sobre el suelo mojado despertó el viejo criado. Eran varios, le decía la experiencia, probablemente tres o cuatro, que subían apresuradamente por el camino del este. Correos, a esas horas de la madrugada? No sería nada raro. Se abrochó la capa y salió al exterior.
No tardó en ver aparecer, en el tenue círculo de luz que emanaba del fanalillo que sostenía, cuatro jinetes en el claro del bosque que se abría frente a la verja de hierro. Más allá, a sus espaldas, los contornos de la enorme mansión se adivinaban bajo la luna llena.
Hubiese ofrecido reposo y comida a los viajantes y a sus monturas, visiblemente agotadas, tal y como indican los mandatos de su profesión, pero no tuvo ocasión. Con un autoritario susurro lo cortaron y, sin siquiera desmontar, el que parecía el líder le alcanzó una carta sellada que n’August tomó con manos temblorosas. Acto seguido espolearon los caballos y la oscuridad se los tragó de nuevo.
De regreso a la mansión, n’August inspeccionó la carta. No le movía para nada la curiosidad: llevaba demasiados años con su señora para no necesitar de tales artimañas; solo estaba allí para servirla lo mejor que pudiera. Y eso incluía saber distinguir las cartas urgentes de aquellas realmente apremiantes. Pero la escritura no se correspondía con la de ninguno de sus contactos habituales...
La encontró en el salón, en donde la había dejado unas horas antes cuando se retiró. Sentada en su sillón frente a las llamas, gustaba de mirarlas durante horas, las brillantes ondulaciones susurrando las mismas preguntas con mil variaciones distintas sin cesar hasta que morían en un trozo de madera carbonizada.
“Es una carta?”. Su voz sonaba cansada bajo una capa de dureza.
N’August pestañeó. Había recorrido media estancia.
“Sí.”
“De?”
Se lamió los labios.
“Bueno, no está claro, parece...”
“Déjame ver.”
Se levantó de golpe y con un par de pasos se había situado a su altura, blandiendo el abridor. Instintivamente, el criado dio un paso atrás.
Empezó a leer la carta, sus facciones alterándose a medida que avanzaba. Decía así:
...
No tardó en ver aparecer, en el tenue círculo de luz que emanaba del fanalillo que sostenía, cuatro jinetes en el claro del bosque que se abría frente a la verja de hierro. Más allá, a sus espaldas, los contornos de la enorme mansión se adivinaban bajo la luna llena.
Hubiese ofrecido reposo y comida a los viajantes y a sus monturas, visiblemente agotadas, tal y como indican los mandatos de su profesión, pero no tuvo ocasión. Con un autoritario susurro lo cortaron y, sin siquiera desmontar, el que parecía el líder le alcanzó una carta sellada que n’August tomó con manos temblorosas. Acto seguido espolearon los caballos y la oscuridad se los tragó de nuevo.
De regreso a la mansión, n’August inspeccionó la carta. No le movía para nada la curiosidad: llevaba demasiados años con su señora para no necesitar de tales artimañas; solo estaba allí para servirla lo mejor que pudiera. Y eso incluía saber distinguir las cartas urgentes de aquellas realmente apremiantes. Pero la escritura no se correspondía con la de ninguno de sus contactos habituales...
La encontró en el salón, en donde la había dejado unas horas antes cuando se retiró. Sentada en su sillón frente a las llamas, gustaba de mirarlas durante horas, las brillantes ondulaciones susurrando las mismas preguntas con mil variaciones distintas sin cesar hasta que morían en un trozo de madera carbonizada.
“Es una carta?”. Su voz sonaba cansada bajo una capa de dureza.
N’August pestañeó. Había recorrido media estancia.
“Sí.”
“De?”
Se lamió los labios.
“Bueno, no está claro, parece...”
“Déjame ver.”
Se levantó de golpe y con un par de pasos se había situado a su altura, blandiendo el abridor. Instintivamente, el criado dio un paso atrás.
Empezó a leer la carta, sus facciones alterándose a medida que avanzaba. Decía así:
...
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